Como si de una película de miedo se tratase, Pablo y yo íbamos por la montaña hasta que nos encontramos con una solitaria Ermita, accedemos a su interior, no había luz alguna, y nosotros tampoco llevábamos linternas, así que para poder movernos, íbamos iluminando la zona a base de flashazos de cámara, hasta que encontramos unas ventanas, las abrimos, y los rayos de luz penetraban en el comedor.
Parecía que la familia se hubiese ido de repente, estaba todo intacto, todas las sillas en su sitio, todos los platos en su armario, incluso algunos en la cocina esperando ser fregados. Quedaban muchos muebles viejos allí. La sorpresa vino al abrir una ventana de la planta de arriba, entraban unos rayos de luz increíbles, que daban vida a la casa. Así que aproveché para hacer una sesión de fotos propia, un poco diferente.
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